¿Tu perro quiere dominar la casa? Puede que no sea eso lo que esta pasando.
- tribudeafra

- 17 mar
- 7 min de lectura
Actualizado: 25 mar
Muchos comportamientos se explican como dominancia, pero en realidad tienen otros orígenes. Esto puede cambiar por completo la forma en que vemos a nuestros perros.
Es bastante común escuchar a alguien decir: “Mi perro es dominante” o “quiere ser el alfa”
Pero si estudiamos el comportamiento de los perros, muchas veces descubrimos que esa palabra se está utilizando para explicar situaciones que tienen orígenes muy diferentes.
Para comprender mejor lo que ocurre con los perros, es importante entender qué significa realmente la dominancia desde el punto de vista del comportamiento animal.
Qué es la dominancia en etología
En etología, la dominancia no se refiere a un rasgo de personalidad ni a un deseo constante de controlar a otros.
Se trata más bien de una forma de describir cómo se organizan algunas interacciones entre individuos cuando existe competencia por un recurso.
Por ejemplo:
comida
espacio
descanso
acceso a algo valioso.
En estos casos, la dominancia describe una relación puntual dentro de una situación específica, no una característica permanente del individuo.
Es decir, no “es dominante” todo el tiempo ni está intentando dominar a los demás constantemente.
En etología, muchos investigadores prefieren describir estas relaciones sociales utilizando un concepto más específico: prioridad de acceso a recursos.
La idea es bastante simple.
Cuando varios individuos comparten un entorno, con el tiempo puede establecerse cierta estabilidad sobre quién suele acceder primero a determinados recursos.
En muchos casos, uno de los individuos cede sin necesidad de conflicto, simplemente porque esa relación ya está establecida.
Es decir, no existe una lucha constante por el liderazgo, sino una forma relativamente estable de organizar el acceso a ciertos recursos.
Este tipo de organización social es muy común en muchas especies y cumple una función importante: reducir la aparición de conflictos innecesarios dentro del grupo.
Dominancia y jerarquía no son lo mismo
Otro punto que suele generar bastante confusión es la relación entre dominancia y jerarquía.
Las jerarquías sociales existen en muchas especies, incluidos los perros. Pero no se basan necesariamente en dominación constante ni en individuos intentando imponerse sobre los demás.
Cuando estas relaciones están claras, muchas veces los animales evitan el conflicto, porque cada individuo ya conoce su lugar dentro de esa interacción.
La confusión aparece cuando se interpreta que jerarquía significa dominación constante o lucha permanente por el liderazgo, algo que en la mayoría de los grupos sociales animales no ocurre de esa manera.
De dónde viene la idea de la dominancia
Gran parte de la popularidad de la teoría de la dominancia en perros se originó a partir de estudios sobre lobos realizados en la década de 1970.
El biólogo David Mech estudió grupos de lobos que vivían en cautiverio. En esos estudios, los animales provenían de diferentes manadas y fueron colocados juntos en un espacio reducido.
En ese contexto artificial aparecieron conflictos frecuentes entre los individuos, y a partir de esas observaciones se popularizó la idea de que los lobos organizaban su vida social a través de jerarquías rígidas de dominancia, con un supuesto “macho alfa” que debía imponerse sobre los demás.
Con el tiempo, esa interpretación comenzó a trasladarse también al comportamiento de los perros y con el tiempo también influyó en muchas formas de educación canina.
Lo que sabemos hoy sobre los lobos
Años más tarde, el propio David Mech continuó estudiando lobos, pero esta vez observando manadas salvajes en su entorno natural.
Lo que encontró fue algo muy diferente.
Las manadas de lobos en libertad suelen estar formadas por una pareja reproductora y sus crías de diferentes edades. Es decir, funcionan más como una familia que como un grupo de individuos compitiendo constantemente por el liderazgo.
En ese contexto, el liderazgo no se establece a través de la dominancia, sino a través del rol natural de los padres reproductores.
El propio Mech llegó a reconocer que el concepto de “lobo alfa” había sido mal interpretado y que no describía correctamente la estructura social de las manadas salvajes.
Casi 30 años más tarde, el propio David Mech revisó estas ideas y observó algo muy importante: en los lobos en estado natural, la organización social no funciona como una jerarquía rígida basada en la dominancia.
Las manadas se comportan más como una familia, y dentro de esa estructura los roles no son fijos ni están determinados por una lucha constante por el liderazgo.
Por ejemplo, en algunos momentos uno de los adultos puede liderar una actividad como la caza, y en otros momentos ese mismo individuo puede quedarse en un rol más pasivo, como cuidar a los cachorros.
Es decir, incluso dentro de esta organización familiar, no estamos hablando de una estructura rígida donde uno domina constantemente al resto, sino de una dinámica más flexible, donde los individuos se adaptan según el contexto.
¿El liderazgo siempre se basa en la dominancia?
A veces se suele pensar que en el mundo animal el liderazgo siempre se establece a través de la fuerza o la dominancia.
Si bien en algunas especies pueden observarse situaciones donde la competencia influye en el acceso a ciertos recursos o incluso a determinadas posiciones dentro del grupo, esto no significa que el liderazgo se base únicamente en la fuerza ni en una dominación constante.
Por ejemplo, en algunas especies sociales pueden aparecer interacciones donde un individuo desplaza a otro, pero incluso en esos casos las dinámicas suelen ser más complejas e incluyen factores como la experiencia, el contexto o las relaciones sociales dentro del grupo.
En el caso de los lobos —y también de los perros— la organización social responde a otra lógica.
No se trata de una lucha constante por el liderazgo, sino de estructuras más estables donde predominan las relaciones familiares, la cooperación y la previsibilidad.
Cuando alguien dice: “mi perro es dominante”
Es bastante común que alguien llegue diciendo algo como:
“Creo que mi perro es dominante y quiere ser el Alfa”.
A partir de ahí empiezan a aparecer diferentes situaciones:
un perro que tira mucho de la correa
un perro que gruñe cuando alguien intenta sacarle un objeto.
un perro que no quiere bajarse del sillón
un perro que “no hace caso” cuando lo llaman
un perro que se adelanta al salir por la puerta
un perro que protege su comida o sus juguetes
un perro que llega a un parque, se pone rígido, levanta el pecho y el tutor siente que “quiere imponerse”
un perro que empuja o invade constantemente el espacio del tutor
un perro que se sube encima de las personas en momentos de excitación
un perro que parece “desafiar” cuando le piden algo
Durante muchos años, este tipo de comportamientos se explicaron como intentos del perro por dominar a las personas o tomar el liderazgo.
Sin embargo, cuando observamos con más atención lo que está ocurriendo, muchas veces encontramos explicaciones mucho más simples.
A veces el perro está demasiado excitado, otras veces está protegiendo algo que considera valioso, y en otros casos simplemente no aprendió todavía una forma diferente de manejar esa situación.
Cuando miramos el comportamiento desde las emociones, el aprendizaje y el contexto, la idea de la dominancia muchas veces deja de ser necesaria para explicar lo que está pasando.
Algunas ideas que surgieron de esta interpretación
A partir de esta forma de entender la dominancia, durante muchos años se difundieron distintas recomendaciones sobre cómo convivir con un perro.
Muchas de estas ideas todavía siguen presentes hoy:
que el humano debe comer antes que el perro
que el perro no debería dormir en la cama o en el sillón
que hay que pasar primero por la puerta para “marcar liderazgo”
que el perro siempre debe caminar al lado o detrás del tutor
que ciertas conductas son intentos de “desafiar” o “tomar el control”.
Estas recomendaciones no aparecieron porque sí. Surgen de una forma de interpretar el comportamiento del perro basada en la idea de dominancia aplicada a la convivencia con humanos.
El problema es que, con el tiempo, vimos que este modelo no describe realmente cómo funcionan los perros.
Y cuando partimos de una explicación que no es del todo correcta, es fácil que también aparezcan soluciones que no terminan de encajar con lo que el perro necesita.
¿Tiene sentido ser “el alfa de la casa”?
A partir de la idea del “lobo alfa” se popularizó la creencia de que para convivir con un perro hay que demostrar constantemente quién manda.
Hoy sabemos que esa interpretación parte de un error. No se trata de dominación constante, sino de organización familiar.
Cuando llevamos esta idea a la convivencia con perros aparece además otro elemento importante: los perros no son lobos.
Si bien comparten un origen común y muchos comportamientos instintivos que todavía pueden observarse —como ciertas formas de comunicación, juego o interacción social—, los perros han atravesado miles de años de domesticación.
Este proceso modificó profundamente su comportamiento y, sobre todo, su forma de relacionarse con los humanos.
Es decir, no solo los perros no viven intentando dominar a las personas, sino que ni siquiera en la naturaleza los lobos viven en una competencia constante por el liderazgo.
Por eso, la convivencia entre personas y perros no puede entenderse como una competencia por el liderazgo. Se trata más bien de una relación construida a partir de aprendizaje, comunicación y cooperación entre especies diferentes.
El problema de intentar ser “el alfa”
Durante muchos años se popularizaron formas de entrenamiento basadas en el concepto de “ser el alfa”.
Algunas de estas prácticas incluyen:
intentar imponerse físicamente al perro
forzar situaciones para “marcar liderazgo”
interpretar muchos comportamientos como desafíos de jerarquía.
El problema, tal como les contaba, es que este enfoque parte de una interpretación incorrecta del comportamiento social de los perros.
Cuando intentamos relacionarnos con un perro desde la idea de dominación, muchas veces terminamos generando más estrés, más confusión y menos claridad en la comunicación.
En lugar de mejorar la convivencia, este tipo de abordajes puede afectar el vínculo y dificultar el aprendizaje.
Hoy sabemos que los perros no necesitan que alguien los domine, sino que necesitan referencias claras, coherencia y un entorno predecible donde puedan entender qué se espera de ellos.
Mirar más allá de la etiqueta
Las etiquetas pueden simplificar una situación, pero también pueden impedir que entendamos realmente lo que está ocurriendo.
Cuando intentamos comprender el comportamiento del perro desde sus emociones, experiencias y contexto, solemos encontrar explicaciones mucho más útiles que simplemente decir que el perro es dominante.
Muchas veces, cuando dejamos de preguntarnos si el perro está intentando dominarnos y empezamos a preguntarnos qué le está pasando, comenzamos también a entender mucho mejor su comportamiento.
Cuando los tutores aprenden a comprender mejor el comportamiento de sus perros, muchas situaciones que antes parecían conflictos de jerarquía se transforman en oportunidades para mejorar la comunicación y la convivencia.
Cuando dejamos de mirar al perro como alguien que intenta dominarnos, empezamos a verlo como lo que realmente es: un animal que está intentando entender el mundo en el que vive. Y muchas veces, ahí es donde empiezan a cambiar las cosas.
Javier Fasce - La tribu de Afra (Etología y Educación canina)






Comentarios