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Reactividad en perros (Capítulo 2): Cuando parece lo mismo, pero no lo es

Muchas conductas reactivas se ven iguales. Ladridos, tirones de correa, avances intensos.

Desde afuera, la escena se repite.

Pero lo que está pasando no necesariamente es lo mismo.

Y esa diferencia —que no siempre es visible— es la que define cómo intervenir.


En el capítulo anterior vimos qué es la reactividad y por qué no define al perro, sino una forma de responder frente a determinados estímulos (si no lo leíste, podés hacerlo acá).

Ahora, el punto es otro: entender que no todas las reactividades son iguales.

Si todas lo fueran, sería un poco más fácil.

Pero no lo es.


🔍Es un error comun: intervenir sin diferenciar


Gran parte de los abordajes fallan en este punto.

Se aplican las mismas herramientas a todos los casos, bajo un mismo objetivo: que el perro deje de reaccionar.

Pero dos perros que reaccionan igual no están necesariamente atravesando lo mismo.

Y si la función de la conducta es distinta, la intervención también debería serlo. No solo por lo que esa conducta intenta resolver, sino por la emoción que la sostiene.


Esto no significa que no existan herramientas que puedan ser útiles en distintos casos.

Algunas estrategias —como la gestión del entorno, el trabajo por debajo del umbral o la reducción del nivel de estres— son compatibles con la mayoría de los cuadros.

Pero no son suficientes por sí solas.

Necesitan ser combinadas con intervenciones específicas según qué está sosteniendo la conducta en ese perro. Sin esa lectura, lo que parece trabajo termina siendo prueba y error.



🔴 Reactividad basada en el miedo: el perro busca aumentar distancia a través de la conducta


En estos casos, la conducta reactiva cumple una función clara: alejar el estímulo.

El perro percibe una amenaza —real o no— y responde intentando generar distancia.

El estado emocional predominante es el miedo o la inseguridad.

La reacción no está orientada al conflicto, sino a resolver una situación percibida como amenazante. Busca alivio.

Y aunque muchas veces la conducta parezca “tirarse hacia adelante como un loco”, su función sigue siendo defensiva.

No todo avance es acercamiento. A veces, es más bien un “no sé cómo manejar esto, pero andate”.

Es lo que muchos “expertos de parque” leen como “se quiere pelear con todos, no mide nada”. Pero en la mayoría de los casos, no hay intención de pelear. Hay desborde.

Esto se vuelve más evidente cuando no hay posibilidad de escape, como ocurre cuando el perro tiene la correa puesta.

Cuando el perro tiene espacio y opción de alejarse, muchas veces simplemente se va.

Pero cuando esa opción desaparece, la situación cambia. Lo que en otro contexto sería una retirada, acá se transforma en reacción. Y no porque el perro “elija” reaccionar, sino porque es la única opción que le queda disponible.

Es bastante común ver perros que sueltos pueden evitar el conflicto, tomar distancia o incluso ignorar al estímulo, pero que cuando tienen la correa puesta reaccionan de forma intensa.

No es que el perro “cambie”. Cambia lo que puede hacer en esa situación. Y cuando no puede tomar distancia por su cuenta, la reacción empieza a ocupar ese lugar.


Por eso, en muchos casos, simplemente darle más margen de movimiento —como ocurre con una correa larga bien utilizada— ya genera un cambio.

No porque resuelva el problema de fondo, sino porque le devuelve al perro una opción que antes no tenía.


🟡 Reactividad por frustración: el perro busca reducir distancia a través de la conducta

En otros casos, la lógica es casi opuesta.

El perro no quiere alejar el estímulo. Quiere llegar a él. Pero algo se lo impide.

Puede ser la correa, la falta de habilidades, el contexto o la propia intervención humana.

Esa imposibilidad genera frustración.

Y la reacción aparece como una forma desorganizada de intentar resolverla. Suele verse en perros con alta motivación social o exploratoria, que no logran canalizarla de manera funcional.

En estos casos, el estímulo no es el problema en sí, pero sí es el desencadenante de algo que el perro no sabe gestionar.

Porque el conflicto no está en que el otro esté ahí. Está en no poder llegar, o en no poder hacerlo de una manera adecuada.

Y cuando ese acceso se ve limitado —ya sea total o parcialmente—, la frustración escala y la reacción aparece como una forma desorganizada de intentar resolverlo.

Esto muchas veces no aparece solo en el paseo. Se ve también en lo cotidiano: perros que se frustran cuando algo no sale como esperan, que les cuesta esperar, que insisten de forma intensa o que escalan rápido cuando se les bloquea el acceso a algo que quieren.

Y en ese contexto, la reacción no es más que otra forma de expresar lo mismo.


🟠 Reactividad mixta: cuando quiere acercarse, pero no sabe cómo


No todos los perros encajan en una sola categoría. En muchos casos, la reactividad está sostenida por una combinación de emociones.

El perro quiere interactuar, pero al mismo tiempo no se siente del todo seguro.

Hay interés, pero también inseguridad. Hay motivación de acercamiento, pero falta de herramientas.

Cuando estas dos tendencias —acercarse y evitar— se activan al mismo tiempo, aparece un conflicto. Y en ese conflicto, la conducta se vuelve inestable.

Es, en muchos casos, uno de los cuadros más difíciles de trabajar. Porque no se trata de un perro que siempre evita o siempre reacciona.

Es un perro que por momentos puede acercarse, incluso generar interacciones adecuadas, pero que ante un movimiento, una señal mal leída o algo inesperado, se desregula y termina reaccionando.

El perro puede acercarse de forma intensa o torpe, sin regular la distancia ni la velocidad, invadiendo al otro o pasando por alto señales de incomodidad.

Puede insistir cuando el otro ya marcó un límite, sobreexcitarse en el intento de interactuar o, por el contrario, bloquearse cuando la situación lo supera. Y cuando no logra resolver esa situación, aparece la reacción.

No es un perro que “quiere pelear”. Tampoco es simplemente un perro con miedo.

Es un perro que no logra resolver el conflicto entre su intención de interactuar y su dificultad para hacerlo de manera adecuada, donde la falta de habilidades sociales tiene un papel central.


⚠️ El problema de no diferenciarlas


Cuando no se identifica qué está sosteniendo la conducta, es fácil intervenir en la dirección equivocada. Porque si bien hay formas de trabajo que pueden aplicarse en distintos casos, por sí solas no alcanzan.

Son una base.

Pero necesitan estar acompañadas de un abordaje que tenga en cuenta qué está sosteniendo la conducta en ese perro.

Cuando eso no ocurre, se trabaja sobre lo general, pero lo importante queda sin tocar.

Y ahí es donde el proceso pierde dirección.

Cuando dejás de creer que tu perro es un inconsciente que se quiere pelear con todo —incluso con perros mucho más grandes— y entendés que lo que hay de base es miedo, el trabajo cambia.

Por ejemplo, en un perro con inseguridad, no alcanza con trabajar solo las situaciones que disparan la reacción en el paseo. Es necesario intervenir de forma más amplia sobre sus miedos. Porque un perro que se siente más seguro en términos generales va a tener más herramientas para gestionar esas situaciones y mejores posibilidades de cambio.


Entonces ya no intentás frenar una conducta. Empezás a intervenir sobre la emoción que la sostiene.


🧠 El rol del umbral: cuándo el perro deja de procesar


Independientemente de la emoción de base, hay un punto que organiza toda la intervención: el umbral de reacción.

Explicado de forma simple, es el límite hasta donde el perro puede percibir, procesar y responder sin desbordarse. A partir de ese punto, deja de procesar lo que ocurre y pasa a reaccionar.

En ese estado, la capacidad de aprendizaje disminuye y la conducta se vuelve automática.

Este umbral no es fijo. Cambia según el contexto, el estado interno y la historia reciente del perro.

Cuando hablamos de un umbral bajo, no es algo positivo. Significa que el perro necesita muy poco para desbordarse.

En respuestas basadas en el miedo, ese umbral suele ser más bajo frente a estímulos percibidos como amenazantes.

En casos de frustración, desciende ante la imposibilidad de acceso. En reactividades mixtas, no solo es bajo. Es inestable y variable. Hay días, contextos o momentos donde el perro parece tolerar la situación, y otros donde reacciona de forma inmediata.

Entender dónde está ese límite en cada caso no es un detalle técnico. Es lo que define si hay posibilidad de aprendizaje o solo repetición del problema.

Y, aunque parezca simple en teoría, suele ser una de las partes más difíciles de sostener en la práctica.


🔬 Qué cambia en la forma de intervenir


Entender qué le pasa al perro no es algo teórico. Cambia directamente la forma de intervenir.

Más allá de las diferencias entre casos, hay un punto en común: el trabajo no puede centrarse solo en la conducta visible. Es necesario intervenir tanto sobre la emoción como sobre las herramientas que tiene el perro para gestionarla.

Y hay algo que atraviesa a todos los casos: la necesidad de reducir el nivel de activación fisiológica. Porque un perro que vive en un estado de activación alto tiene menos margen para procesar, aprender y regularse.

Esto implica generar condiciones que le den mayor seguridad, ayudarlo a regular su activación y enseñarle formas más funcionales de responder en ese contexto.

En algunos perros, el foco estará más puesto en la inseguridad. En otros, en la frustración.

Y en muchos casos, en una combinación de ambas.

Pero en todos, el proceso requiere un abordaje integral. No se trata solo de lo que pasa en el paseo o frente al estímulo.

Gran parte del cambio se construye también fuera de esas situaciones, en lo cotidiano.

Porque el problema no es solo lo que el perro siente. Es también lo que no sabe hacer con eso.


🧭 Un paso más allá


Entender qué está pasando cambia la forma de mirar al perro. Y cuando cambia la mirada, cambia también la forma de intervenir.

Pero hay un punto que suele pasarse por alto: si el perro no está en condiciones de procesar lo que pasa, ningún cambio es posible.

De eso vamos a hablar en el próximo capítulo.


Javier Fasce - La tribu de Afra (Etología y Educación canina)


 
 
 

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